Todos tenemos en casa un cajón en el que conviven clips, cables USB de teléfonos que ya no existen y, sobre todo, pilas. Pilas de todos los tamaños que guardamos «por si acaso», convencidos de que, mientras permanezcan en su envoltorio original o no las hayamos encajado en un mando a distancia, su energía permanecerá intacta, congelada en el tiempo.
Sin embargo, existe una noticia que cambiará tu forma de ver ese inventario doméstico, porque existe el mito de que “si está en el paquete, está nueva para siempre”, pero la realidad química nos dice lo contrario, ya que las pilas no son cajas fuertes de energía, sino sistemas químicos dinámicos que se degradan con el simple paso de los días.
El consumo invisible
Para entender por qué una pila se agota sin usarse, debemos mirar en su interior. Y es que una pila funciona mediante una reacción química entre dos electrodos y un electrolito. Aunque el circuito no esté cerrado (es decir, aunque la pila no esté alimentando un juguete o una linterna), en su interior se producen pequeñas reacciones parásitas, la conocida autodescarga.
La velocidad de esta pérdida de energía depende de la tecnología de la pila y, muy especialmente, de la temperatura ambiente, ya que en condiciones de humedad o calor excesivo, la actividad química se acelera. Con el tiempo, la resistencia interna de la pila aumenta y su capacidad de entregar energía disminuye hasta quedar “muerta”.
Merece la pena destacar que una pila alcalina estándar puede perder entre un 2% y un 5% de su carga anualmente solo por estar guardada. Por eso, esa caja de pilas que compraste hace cinco años y que teóricamente está “nueva2, probablemente solo sirva para alimentar un dispositivo de bajísimo consumo durante un suspiro.
El peligro de la sulfatación y el “polvillo blanco”
El problema de olvidar las pilas en el cajón no es solo que se queden sin energía. El verdadero riesgo es la sulfatación, que es cuando una pila se descarga profundamente, la química interna cambia, generando gases que aumentan la presión en el interior del cilindro metálico.
Y es que llega un punto en que los sellos de seguridad ceden y dejan escapar el electrolito, una sustancia alcalina y corrosiva, el hidróxido de potasio. Al entrar en contacto con el aire, este líquido se cristaliza y se convierte en ese famoso polvillo blanco que todos hemos visto alguna vez. Este compuesto no solo es tóxico al tacto, sino que es capaz de corroer los terminales metálicos de tus aparatos electrónicos, dejándolos inservibles de forma permanente. Una linterna de emergencia con pilas sulfatadas en su interior es, en el momento de un apagón, simplemente un trozo de plástico inútil.





